Egipto por tierra, agua y aire

Egipto por tierra, agua y aire

Egipto para mí siempre fue, como para muchos, un misterio. Aunque nunca fui una de esas fanáticas de la egiptología, ni de las momias, ni de las pirámides. Pero si uno piensa en un lugar exótico, histórico y de gran valor cultural, ahí está Egipto. La foto que todo viajero quisiera tener.

La oportunidad de conocer Egipto apareció con la excusa de visitar a un amigo que se fue a vivir a El Cairo por trabajo. El día que lo despedí en Mar del Plata, le dije que nos volveríamos a ver en tierras, o arenas, africanas. Y desde ahí, el plan se hizo firme. Como en todos los viajes que realicé, nació la idea e inmediatamente me puse a trabajar en ella. La planificación, aunque siempre sea flexible, es una etapa del viaje que disfruto muchísimo.

El 1 de enero de 2018 toqué territorio egipcio, gran manera de comenzar el año. Y ahí nomás empezó la magia que me acompañó durante todo el recorrido por este país. Mi amigo me había mandado un remisse que tenía el servicio extra de un muchacho que podía entrar al aeropuerto y ayudarte en el visado e ingreso. Importante si consideramos que hablo muy poco inglés y que el impacto del mundo árabe iba a ser grande. Bajando por la escalera mecánica, vi mi nombre escrito mal en un cartelito y saludé al chico que me esperaba. Me dijo que se llamaba Aladín, como el de la lámpara. Y no pude más que sonreir y ser feliz.

Armas, policías de civil, gente que se pasaba de mano en mano mi pasaporte sin demasiadas explicaciones, tumulto, pseudo gritos en idiomas incomprensibles, etiqueta de visa y salida. Y ahí nomás abrir los ojos, casi sin pestañear, para no perderme nada. Aprender y disfrutar.

El Cairo es marrón y abraza. Por momentos aprieta tanto que ahoga. El Cairo se mueve. Todo el tiempo. Entre bocinas, arena e historia. El río le da aire y respira. El Cairo es sabrosa y se deja comer entre hummus y té con menta. El Cairo tiene toda la historia del mundo encima. Sin embargo, espera.

Casi todos los autos están chocados. Hay autos todo el tiempo. Un embotellamiento casi constante. Aun en madrugada. Hay polución y mucha gente. Algunos descalzos, otros con túnicas, otros más occidentalizados. Hay gente vendiendo en las calles. Hay gente rezando en las calles. Hay gente fumando en las calles. Cruzar la calle es una actividad de riesgo. Nadie presta atención a esquinas ni semáforos, ni los autos ni los peatones. Para cruzar tenés que aventurarte zigzagueando entre los autos. Siempre recomendable pegarte a un local, si no podés esperar horas.

El Museo Nacional tiene piezas históricas de un valor incomparable y notitas en papel avejentado escritas a máquina de escribir. Aunque se ofrecen visitas guiadas, en mi caso preferí recorrerlo a mi tiempo, informándome entre las leyendas y lo que buscaba en internet. Increible caminar entre pirámidas, tumbas, momias y tesoros tan impresionantes como el de Tutan Kamón. Sin dudas, su máscara fue lo que más me impactó y me quedé petrificada unos cuantos minutos mirándola desde todos los ángulos.

Como hace algunos años están construyendo el nuevo museo, cerca de las pirámides y que promete ser el museo más grande del mundo, muchas piezas en el viejo museo están removidas, apiladas, siendo exploradas, fotografiadas y hasta medidas. En este sentido, presencié la apertura de una vitrina, una chica que medía una estatuilla con un centímetro de modista y unos cuantos empleados que tomaban nota en libros de actas amarillentos. Una escena de película. Antigua.Imperdible, por las piezas que alberga y las escenas que uno atraviesa.

Y aunque parece tarea compleja, caminé El Cairo. Saboreé sus comidas, la observé desde la torre más alta por un largo rato, presencié sus tormentas de arena y sus días templados. Fumé una shisha en la vereda y me perdí en el mercado de Khan el Khalili.

Cuando el bullicio de El Cairo ya estaba superado, emprendí una aventura mayor: navegar por el Río Nilo desde Aswan hasta Luxor. Dirección sur a norte, como el cauce, sin dudas el más significativo del mundo. Para llegar a Aswan tuve que tomar un vuelo interno que, lejos de tener menos controles, los duplicó. Tuve que pasar revisiones en lenguajes incomprensibles, siguiendo dedos que señalaban filas y daban órdenes de abrir mochilas o sacarme zapatillas. Tres veces controles completos. Aun antes de subir al avión en zona de embarque.

Una vez en Aswan, un viaje por tierra con el amanecer acompañando en el desierto, hacia Abu Simbel, uno de los templos más impactantes. Las reflexiones que hice en ese viaje sobre la mirada viajera serán, seguramente, motivo de otro texto. La majestuosidad del Templo de Nefertari y el de Ramses II, vale anunciarla sin demoras. Ramses fue un personaje de lo más singular, con gran amor propio que lo llevó a representarse en casi todas las estatuas, templos y monumentos que realizó durante su dominio como faraón. Se quería y creía un dios, y así se representaba. Tal era su egocentrismo que, en el templo dedicado a su mujer, colocó su figura monumental repetidas veces.

Vale destacar que la importancia de estos templos no solo corresponde a la antigüedad sino que, con la construcción de la represa de Aswan que daría origen al lago Nasser, estaba previsto que el templo quede bajo el agua definitivamente (ya lo hacía cada vez que el Nilo se desbordaba) por lo que Egipto pidió ayuda internacional y trasladaron la totalidad de los dos templos a doscientos metros de su localización original, con sesenta y cinco metros más de altura. Para esta proeza, los países avalados por la Unesco decidieron cortar los templos en pedazos y volver a armarlos cual rompecabezas. Realmente impresionante.

Egipto tiene el patrimonio histórico más antiguo e importante de la humanidad pero, durante muchísimos años, ningún tipo de control sobre los agentes externos que lo investigaron y, como consecuencia de la falta de regulación, lo saquearon. Muchas de las piezas han sido recuperadas a lo largo de los últimos años pero, muchísimas otras siguen en poder de los extranjeros, principalmente ingleses, que tuvieron los recursos e intereses de investigar y llevarse los tesoros, momias y todo tipo de elementos milenarios.

Muchas veces se dice que lo mejor de las personas bellas es que no sepan que lo son. En este caso, pareciera que Egipto durante mucho tiempo desconoció el potencial histórico-cultural que tiene. Esto no lo hizo más bello, sino más vulnerable. Por otro lado, la gran cantidad de atentados sufridos y los conflictos de la primavera árabe hicieron que el turismo mermara en gran medida. Recién ahora, y sobretodo los sudamericanos y españoles, están volviendo a aventurarse a recorrer sus tierras. O, mejor dicho, sus arenas.

Egipto es bello, sí. Y navegar el Nilo pacíficamente observando sus costas puede ser una de las experiencias más memorables de la vida de un viajero. Los barcos que lo recorren son denominados cruceros pero lejos están de lo que imaginamos como tal, de gran tamaño, con atracciones y piscinas. Estos cruceros tienen camarotes, comedor y cubierta con reposeras, café y, en el mejor de los casos, un pequeño espejo de agua para refrescarse los tobillos. Los barcos y sus administradores saben que lo interesante no está a bordo, sino afuera. Desde las vistas o desembarcando para recorrer los templos donde uno pasa la mayor parte del tiempo de las tres noches que dura el recorrido sur-norte, o las cuatro que demora el recorrido inverso.

Todo lo que imaginé de un recorrido en barco por el Nilo lo viví, excepto la parte de los cocodrilos inmensos. Aprendí luego que, con la construcción de la represa de Aswan, todos quedaron del otro lado. A algunos locales, sin embargo, les gusta decir que los hay y que te devoran al instante si te metés en el río. Otros sostienen que había, pero los mataron a todos.

No obstante la carencia de cocodrilos, el viaje fue una gran aventura de introspección y contemplación. La observación reflexiva en su estado máximo. Abrí la ventana de mi camarote dejando que los rayos del sol se mezclen con la brisa que el movimiento generaba. Ese aire era distinto. Ese sol era distinto. La historia de miles de años me tocaba la piel y, créase o no, se sentía. Miré, leí, escribí. Observé las pequeñas casitas perdidas entre vegetaciones tupidas por momentos, y los bancos de arena que ganaban terreno por otros. Vi nenes descalzos corriendo a la par del barco y saludando. Vi gente que ignoraba las embarcaciones como la interrupción a su mundo que realmente éramos. Vi pueblos perdidos. Vi túnicas, mezquitas, palmeras, cabras, murales, vacío.
Por un momento interrumpió mi navegación un exagerado y reiterativo grito. “Princesa, princesa” escuché sin saber muy bien de dónde venía tal sonido. Cuando encontré el origen, me di cuenta que eran dos hombres en una lancha que, a la par del barco, vendían mantas y pañuelos a los gritos. Si alguien en el barco se mostraba más o menos interesado, es decir, si los miraban o les dirigían alguna leve sonrisa, no se demoraban en lanzar el producto en venta a la ventana del barco donde estaba el posible comprador, casi obligándolo a apropiárselo. El mismo procedimiento se repitió al pasar por un dique, donde un grupo de vendedores ofrecían sus mantas, manteles y toallones a quienes estábamos en la cubierta, lanzando productos y gritos. No sé, en caso de éxitos, cómo se produciría la transacción. Si los compradores lanzaban también el dinero, o los vendedores subían al barco a buscar el pago. Lo que sí sé es que era una práctica por demás atractiva que daba cuenta de la pobreza y desesperación de los egipcios a la espera de dinero extranjero. Ambivalencias y más reflexiones en un recorrido por agua que movilizó millones de sensaciones encontradas pero que, sin dudas, había que atravesar. El sueño de cualquier viajero que goce de experimentar cultura, historia y aventura.

Y si algo me faltaba era atravesar el sahara por aire. Digo sahara con minúscula y sin anteponer “desierto” porque aprendí que “sahara” quiere decir exactamente eso, desierto, en idioma árabe. Por lo tanto, desierto de sahara es una repetición innecesaria. Decía que atravesar el sahara por aire era la tarea pendiente, aunque que ya había recorrido algunos tramos en avión. Pero no, quería vivir el aire en la piel y no por una diminuta ventanita. Entonces, y a pesar de que dos días antes había ocurrido un accidente que dejó como saldo una muerta y varios heridos de gravedad, me dispuse a volar en globo aerostático por primera vez en mi vida.

A causa del reciente accidente, solo salieron dos globos ese día. Lo regular es que salgan más de una docena. Y lo que para ellos seguramente fue un problema, para mí mejoró la experiencia. Vale destacar que los procedimientos legales en Egipto tienen menos consideraciones que en otra parte del mundo. Sin demasiadas investigaciones ni pericias, encarcelaron a los que consideraron responsables, por lo que es de suponer que las precauciones se redoblaron. Al menos en los días siguientes.

La aventura, como todas las actividades en Egipto, inició muy temprano, antes del amanecer. Desde Luxor, cruzamos el Nilo en barco recibiendo unas rápidas indicaciones de seguridad que apenas pude entender. La advertencia de landing position fue lo que, estimé, necesitaba saber. Y así fue.

Seguí indicaciones un tanto confusas y bruscas, de esas que te llevan a moverte aunque no sepas bien hacia dónde ni para qué, y llegué a mi globo. Todo fue mágico desde los primeros fogonazos con el globo todavía en posición horizontal, los hombres con turbante que se gritaban en árabe maniobrando la bestia, los anaranjados de la tela que se alumbraban a la luz del fuego y el amanecer que nos apuraba amenazando con llegar. Subí al canasto que era enorme, a diferencia de lo que había visto en películas o dibujitos. Éramos poco más de veinte personas. Todos chinos y yo. Nos distribuyeron a ojo, calculando el peso, supongo. Y ahí me quedé, derechita, en mi rinconcito de aventura donde me emocioné, sentí la tierra, el aire y el fuego, y lloré. Mi globo, mi aventura, mi emoción. Y ahí el río, el desierto, los templos avanzando bajo mis pies que no tocaban suelo. Ese suelo al que el amanecer empezaba a hacerle cosquillas.

Imposible explicar con palabras la sensación de vulnerabilidad, de pequeñez y de felicidad que me generó esta experiencia. Flotar en la inmensidad de la historia tantos años imaginada. Atravesar el día, el desierto, la sabiduría de una civilización que se guardó todos sus conocimientos y, sin embargo, se abría al mundo. Los Colosos de Memnon vistos desde arriba, la niebla del amanecer mezclándose con el humo de la quema de cañas, las pequeñas construcciones y sus habitantes que pisaban una suerte de adobe para hacer bloques, o tomaban té y empezaban a correr a medida que nos acercábamos al suelo. Fueron cuarenta minutos realmente conmovedores.

Cuando estábamos próximos a aterrizar, nos pidieron que guardemos las cámaras y que no le demos dinero a los locales que se acercarían. Al grito de landing position, nos tomamos fuerte de las soguitas y nos agachamos. Sentimos el golpe de la tierra y luego de un breve carreteo, el canasto se detuvo. De pie, aplausos y ahí estaban. Decenas de hombres, niños y niñas que corrían hacia el globo, sonriendo e intentando unos hello que los hacían reírse de ellos mismos y ser felices, al menos por un rato, así. En patas, con las caras sucias y las pieles curtidas, vistiendo camperas de marcas conocidas con turbantes típicos en la cabeza, habitando el territorio con más historia del mundo con la inocencia del que recibe un globo aerostático del cielo en el patio de su casa cuando recién amanece.

Caminando, a lomo de dromedario, en algún auto conducido brutalmente, a bordo de un barco o balsa en el Nilo, flotando en un globo aerostático. Cuando pensás que estás atravesando Egipto, son su historia, su desierto, sus costumbres las que te atraviesan a vos, viajero. Porque nadie conoce suficiente como para que Egipto no le erice la piel… aunque el calor sea casi eterno.

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