Estúpido y sensual Disney

Estúpido y sensual Disney

El ritual se repetía, sin mayores modificaciones, cada fin de semana. Allá por los años 90, ir al videoclub del barrio era todo un plan familiar. Caminar entre las góndolas dando vuelta cajitas vacías para leer alguna reseña mal escrita u observar las miniaturas de escenas que no valían la pena o, por el contrario, revelaban el momento más importante de la película. Tomábamos la decisión entre las hermanas que estábamos presentes y volvíamos a casa con dos o tres VHS: dos infantiles o “aptos para todo público” y alguno con peli de acción o drama para mamá y papá.
Antes de que CATIVIDEO anuncie con locución robótica e imagen intergaláctica que la piratería es un delito, grabar las películas era cosa simple y frecuente. De reproductora a videograbadora. Play y rec al mismo tiempo, y listo. Entonces, una colección de clásicos de Disney que todavía se dibujaban artesanalmente ocupaba anaqueles de nuestra biblioteca familiar con sus respectivas etiquetas identificatorias escritas con fibrón. Muchos eran los éxitos: El rey león, Blanca Nieves, Dumbo y hasta algún compilado que incluía el mítico Fantasía. Pero, si preguntan a alguna de mis tres hermanas o a mí cuál es la favorita, contestaremos al unísono y con fervor: Aladdin. Acto seguido, probablemente, empezaremos a cantar alguno de sus hitazos a viva voz, o repetiremos los mejores diálogos y escenas que conocemos, me atrevo a decir, al pie de la letra.

Hace un rato fui al cine y, como me ocurre con casi todo, lo viví como un viaje. Hacer un plan con mi hermana, la segunda, un día de semana a las cinco de la tarde no es cosa normal. Sobre todo, considerando que ella tiene una hija chiquita y tres trabajos, y yo mis clases, mis talleres, mis lecturas y mi macrisis. Solución: búsqueda de hueco libre y dos por uno.
Cuando entramos, el cine estaba vacío. Hicimos chiste al respecto a la acomodadora que nos dijo que era mejor así, mientras nos daba los anteojos para ver en 3D. Porque sí, si la hacemos la hacemos bien: fuimos a verla en 3D y doblada al castellano, para que el viaje sea completo. Nos acomodamos en nuestras butacas, estiramos los pies y, mientras pasaban los veinte minutos de publicidades, hicimos chistes con el cine vacío y las fotos de rigor para mandar al grupo de Whatsapp de la familia y publicar en instagram. Cuando se apagaron las luces y se acomodaron en lugares separados y a distancias considerables dos señoras con sus correspondientes niños, nos pusimos los anteojos y despegamos. Los primeros minutos fueron inquietantes porque había una falla en la imagen que saltaba en verde flúo cada unos segundos. Cuando desapareció el error, le dije a mi hermana: -Ahora entiendo, era para que nos sintamos como con el VHS. Ajustá el cabezal.

“Aladino y la lámpara mágica” es un relato agregado en el siglo XVIII a Las mil y una noches por el traductor francés Antoine Galland que la escuchó de un cuentista sirio. Pero, sin dudas, es uno de los más reconocidos cuentos que Sherezade le narra al Sultán Shariar para que le perdone la vida una noche más. Si bien el relato original está situado en China, para exaltar lo recóndito, seguramente la mayoría mentamos a sus personajes en territorios arábigos y desérticos y recordamos al genio como alguien amigable gracias a la película animada que la factoría Disney produjo en 1992. Aladdin recaudó, en aquel entonces, quinientos mil dólares convirtiéndose en un gran éxito. En la actualidad y aprovechando el boom de las live-Action, Disney tiene un listado bastante grande de grandes clásicos a reestrenar. En 2017, La bella y la bestia dio el puntapié inicial. Este año, luego de Dumbo, apareció Aladdin y, a fines de julio, verá la luz El rey León.
Wikipedia clasifica a la nueva Aladdin como “una película musical de aventura y fantasía romántica estadounidense” y me recuerda todo lo que, ideológicamente, me aleja de estas producciones. Pero sin embargo, chiques, hoy vi la película y la sonrisa no se me borró de la cara en ninguno de los ciento veintiocho minutos que duró. Sí, soy hitera y este es mi talón de Aquiles frente al imperio, lo hegemónico, el patriarcado y todo lo que simboliza Disney. Sobre todo para nosotros, les milennials. Estúpido y sensual Disney.

Volvamos a la sala. Un subsuelo más allá del bien y del mal de una Argentina que se cae a pedazos y tacha los días para las próximas elecciones presidenciales, provinciales y, en el caso de los marplatenses, también municipales. Pero acá adentro hay desierto y magia. Y no puedo evitar la emoción que me causa ver una de las escenas inciales donde Aladino escapa atravesando Agrabah luego de robar, secuencia calcada de la versión animada pero con un encanto especial porque son personas de carne y hueso las que corren y cantan. Y nosotras, desde nuestra butaca occidental, cantamos con ellas. Pero también me emociona porque, después de haber estado en Egipto, esas tiendas, esas vestimentas, esos rasgos, tienen más valor. El valor de la experiencia vivida, de lo doblemente conocido: en la ficción allá por los noventa y en la realidad del Sahara a comienzos de 2018. En esa oportunidad, me recibió en el aeropuerto de Cairo un chico que con simpatía me dijo que se llamaba Aladino “como el de la película” pero que le faltaba la alfombra mágica. Ese mismo día, fui con mis amigos a los que visitaba al Bazar Khan Al-Khalili, uno de los mercados callejeros más famosos del mundo, y pude fotografiar una lámpara como la de la Cueva de las maravillas. “La magia existe. Tachame la doble.” dice mi publicación en instagram de ese 1 de enero.
En otra escena vi Agrabah desde un drone -menuda paradoja espaciotemporal- y al avanzar hacia las afueras de la ciudad, recordé que había leído que las locaciones desérticas estaban filmadas en Jordania. Y sí, otra vez la emoción de ver las rojizas arenas de Wadi Rum, desierto de la región de Petra que no solo conocí en aquel mismo viaje, sino que tuve la increíble experiencia de dormir una noche ahí, en carpa, en un campamento beduino y esperar la hora del sueño tomando té en patas sobre la alfombra y riéndome con esos muchachos con ojos delineados y estilo más parecido a Jack Sparrow (sí, otra vez Disney) que a lo que imaginaba como hombres del medio oriente. Ficción y realidad. Presente y recuerdo. Cine y liteartura. Oriente y occidente. Tarde de junio y hermana. Emoción y alegría.

Nobleza obliga, debo reconocer que hice todo lo que odio de la gente cuando va al cine. Un poco por la impunidad que me daba estar casi solas en el cine y otro poco por la alegría compartida que tenía, puse los pies en el asiento de adelante y lo moví, hablé a volumen regular durante la película, canté y hasta bailé. Pero no me culpen. ¿O a caso ustedes pueden resistirse al simpático “tienes un amigo fiel en mí”?
La única que no canté es “la nueva”, esa canción que refuerza el empoderamiento que, vuelta de tuerca aggiornada mediante, le dieron a Jazmín. No quiere estar más callada y tampoco se quiere casar. Quiere ser ella la sultana y laburar para su pueblo porque ahí está la fiesta. Ninguna tonta. Marche un pañuelo verde para la neoprincesa y que Alá no le vea el escote, los pantalones, ni el deseo.

Salí del cine con la sonrisa agarrotada en la cara y los recuerdos a flor de piel. Las dos reconocimos habernos emocionado en el momento de la alfombra y recordamos que Jor, la mayor de las cuatro, entró en su fiesta de quince con “Un mundo ideal”. Claro, eran otros tiempos, donde no se usaban las superproducciones ni las remakes de videos famosos para los cumpleaños. Entonces, hicimos cuentas y descubrí que cuando se estrenó la peli animada yo iba a segundo grado. Justo la edad de mi sobrino mayor ahora. Una purreta como León, seguramente sin dientes y con ganas de conocer historias. Porque la ficción siempre estuvo y ojalá que siempre esté. Para salvar a cada Sherezade. Para recordarnos que somos reales, familia, mortales en movimiento. Para que sigamos contando historias y construyendo infancias felices.

Igual, mañana es mejor.

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