Juella no se vende

Juella no se vende

Las amigas y los amigos que me había ganado esos días de viaje fueron tomando sus rumbos y quedé sola para decidir en qué ocupar mi último día en la mágica Tilcara. En mi lista de objetivos solo faltaba tachar La Quiaca.
Durante el desayuno en el hostel Antigua Tilcara, un verdadero hogar compartido, Mati, uno de los dueños, me dijo que no vaya a La Quiaca, que para qué, que era un viaje muy largo y que encima a la vuelta la gendarmería estaba haciendo muchos controles y que tenía que bajar a cagarme de frío en la ruta y esperar que revisen todo y que no iba a ver nada y que era solo para la foto con el cartel. Como todo el que rechaza una idea con fundamento, tenía una contrapropuesta para ofrecerme. Y ahí nombró Juella. Y por qué no vas. Que ahí hay un pucará sin restaurar y un paisaje hermoso. Que cualquier cosa le preguntás a la señora que está ahí. Tomate un taxi en el hospital. Está lindo y vas a completar.
Sentí el consejo sincero y válido, entonces emprendí, después del mediodía pero sin almorzar, mi camino a Juella. El taxista [los taxis en Tilcara son autos regulares y bastante golpeados por la tierra, las piedras y el camino, a los que les ponen un cartel delante que indica el servicio a prestar] me dijo que ellos iban para el sur, que no iban para el norte, pero que cuánto es a Juella. Los compañeros de la parada respondieron que cien. Y cien, me dijo. Que vamos, le dije.
En los diez minutos de camino por ruta, nos paró la policía y él tuvo que bajar a presentar papeles y esperar averiguaciones. Cuando seguimos camino, me intranquilicé por primera vez porque me preguntó si estaba sola y si paraba en un hostel y qué iba a hacer a Juella y si me esperaba alguien. Sin abatatarme, respondí a sus pregunta y hasta consulté por qué me preguntaba. Luego, pude suponer que, lejos de querer asustarme, quizás intentaba ayudarme.
Juella queda a cinco minutos hacia el norte de Tilcara, pero no sobre la ruta como Maimará. Aquí hay que hacer otros cinco minutos adentrándose en el paisaje. Y digo bien paisaje, porque el pueblo o la idea de centro que me había hecho mentalmente no existían del modo imaginado. Juella es una calle principal, la ruta de ingreso, y algunas casas o casillas a un lado y otro de esta vía central. El taxista no sabía dónde quedaba el pucará y me dejó en algún punto donde él creyó suficiente. Me dijo que pregunte por ahí y que, para volver, seguramente pasaría algún auto por ahí. Lo cierto es que no había nadie. Nadie. Eran las 13.30, el sol rajaba la tierra escapando a las frías sombras y no había ningún ser viviente a ojos vista. El páramo podría estar habitado por seres de otro plano, quizás, al mejor estilo Juan Rulfo. Pero nadie con quien sepa hablar se me cruzó. El taxista se fue, luego de rechazar mi oferta de esperarme una hora y yo quedé ahí, en Juella, sola y mi huella. ¿Vendrá de ahí el nombre del pueblo?
Me metí entré los pasillitos que dejaban algunos ranchitos y un perro salió a ladrarme. Le hablé para matar el silencio y la soledad y, al ratito, salió su dueña. Le pregunté por el pucará y me dijo que por allá por allá, que camine. Entonces, le hice caso ante la ausencia de otra oferta, y caminé hasta llegar al río seco. Los ríos secos son paisajes típicos en el noroeste argentino en épocas invernales. Te encontrás con un gran cauce pedregoso y un finito y sobreviviente curso de agua en el medio que, de todos modos, ofrece resistencia y genera el temor de quién se sabe capaz de arrasar. Parece decirte mirá, tengo todo este espacio que en algún momento ocupo. Ahora me ves así, chiquito, pero cuidado. Solo estoy dormido.
Y fue ahí, al llegar al cauce pedregoso, a orillas del hilo de agua sin profundidad que me sentí muy chiquita, que el silencio me apretó el pecho y el paisaje se me vino encima. Sentí una suerte de ansiedad, o miedo. No, miedo no. Intranquildad. Opresión o libertad. Silencio. Quizás los demonios jujeños rondaban y se estaban riendo de mí. No sé. Es indescriptible como una música, diría Borges. Lo cierto es que el sol se hacía sentir y yo estaba ahí, sola, en silencio, rodeada de montañas, en búsqueda de algo que no sabía dónde estaba ni qué forma tenía. Un cerrito amarillento llamó mi atención y pude leer escrito en la piedra que era un cerro sagrado de los pueblos originarios. Y una bandera argentina. Y unos muñecos en lo alto de esos que más que afinidad generan un poco de miedo. El corazón latía fuerte y pude reconocer un leve temblor. Saqué la cámara. Hice unas fotos rápidas alrededor y decidí volver a la calle central en busca de alguna indicación. Cuando me metí entre los pastizales, vi un ranchito distinto y, al acercarme una cruz de madera y un montículo de tierra y un que en paz decanses, mamá y me sentí parte de una película de terror berreta y reculé y me metí por el pasillo entre ranchos habitado por algunos perros y gallinas.
Llegué nuevamente a la calle y caminé en dirección contraria a la ruta. Y ahí mi mantra, contra el miedo, aventura. Ya no me sentía sola ni intranquila cuando vi, en lo alto de un poste, un pedazo de madera que, con letras de pintura amarilla sin molde, decía que el pucará estaba a quinientos metros a la derecha. Osea, debía volver al cauce del río del que había salido. Tomé un nuevo camino que no llegaba a ser calle, al lado de una escuela que dormía la misma siesta que todo el pueblo. Y al llegar a una suerte de esquina donde había una suerte de almacén, encontré a una señora con una bolsa de mandados que esperaba. Algo. No sé qué. Quizás que abran, que vuelvan, que existan. Le pregunté por el pucará y muy amablemente me explicó que tenía que llegar al río, cruzarlo y bajar hasta el cerrito amarillo y que ahí iba a encontrar un camino que subía. Que lo tome y que iba a encontrar a la señora que cuidaba. Y ahí, la señora, la misma que me había mencionado Mati en el hostel, fue la coincidencia que necesitaba para sentir que ese era el camino. Agradecí y volví al cauce pedregoso, al sol y al silencio. Pero esta vez vi que por el camino del cerrito amarillo subían a paso lento un chico y una chica. Apuré el paso y me sumé a su caminata. Me presenté y descubrí que coincidíamos en algunas cosas importantes: íbamos al mismo lugar, éramos docentes, no sabíamos muy bien qué nos esperaba.
Cuando nos acercamos a una casita, la única visible, salió a nuestro encuentro una mujer bajita y de piel arrugada. Usaba un pantalón celeste de ambo, una campera lastimada por los años y la tierra y un sombrero piluso, también pidiendo auxilio. Nos dijo que se llamaba Gladys, nos dijo que salía enseguida con el palo porque las mineras habían intentado avanzar y los vecinos del pueblo los habían echado cortando rutas y que desde entonces, en cuanto veía alguien, salía con el palo. Que le faltaba el arco y la flecha, se reía. Y nos preguntó nuestros nombres. Los repitió para grabarlos en la memoria. Dijo que así ella se quedaba tranquila, luego, de que habíamos vuelto.

Nos contó sobre el pucará, que no estaba restaurado. Que era un lugar con mucha energía, como todos los pucará. Que eran lugares sagrados. Dijo que había gente que bajaba relajada y miró hacia el cielo. Le dije que nos habíamos conocido ahí. Entonces dijo que mejor, porque si iba sola no era conveniente subir. Porque la naturaleza es fuerte y hay personas a las que las agobia.
Justo ahí sentí que me entendía, que sabía. Describía justo lo que me había pasado. Entonces, encontré confianza y conexión y le pregunté por el cerro sagrado, el amarillo. Y me dijo que claro, que era sagarado porque estaba desde antes de que se creara la naturaleza. Y yo la escuchaba e intentaba retener cada palabra en mi mente sabiendo ya que esta historia estaba destinada a ser relato.
Con la misma voz tranquila y lejana, nos dio indicaciones sobre cómo subir. Que sigamos las piedras blancas y que, al llegar a la apacheta, le pidamos permiso a la pachamama para seguir. Que estemos un rato por ahí y que bajemos. Nos preguntó si traíamos agua. Yo dije que sí. Los chicos, no. Nos pidió que la esperemos y trajo desde su casita tres naranjas frescas, que parecían salir de la heladera. Se conservan así en la sombra, aclaró. Cruzamos algunas palabras más y emprendimos camino.
Subimos, casi en silencio. Un camino corto pero intensamente inclinado. Al llegar a la apacheta, sumé mi piedrita y le pedí permiso, le agradecí, imploré camino. Y así, sin hablar o combinar nada, nos fuimos separando en la exploración respetuosa de la majestuosidad simple que nos rodeaba. Los cimientos del pucará se reconocían claramente en un espacio repleto de cardones gigantes que vigilan, inquebrantables, el sitio mágico. El sol se hacía notar en cada resquicio sin sombra y el silencio apretaba los oídos.
Caminé, recorrí, hice fotos con la tranquilidad que el lugar ameritaba. Como pidiéndole permiso al silencio. No quise ser una intrusa, una turista. Hice todo mi esfuerzo por seguir siendo viajera y caminé dialogando conmigo misma por un buen rato sin rastro de mis compañeros de camino. La energía se sentía y, por momentos, los ojos se me llenaban de lágrimas sin saber muy bien por qué.
Cuando el sol ya se hacía notar en la nuca, me saqué el buzo y me puse igualmente la capucha, para usarla de sombrero. Me senté en un lugar donde la vista era amplia y me dispuse a comer la naranja. La más rica que comí en mucho tiempo.
Procurando no dejar ni una semillita en ese lugar sagrado, me puse a jugar con las piedritas de colores que me rodeaban. Encontré cuatro de colores distintas y pensé en mis sobrinos. Casi sin pensarlo, decidí guardarlas y llevárselas. Pero al ratito nomás, pensé que era mejor no perturbar el territorio. Esas frases que indican que no hay que dejar más que huellas y no llevarse más que recuerdos, vinieron a mi mente. Y más aun si se trataba de un lugar sagrado. Mejor respetar a la pacha y no hacerla enojar. Dejé las piedritas de nuevo, guardé cáscara y semillitas en un paquetito en la mochila y me quedé disfrutando del paisaje.
Al ratito empezó a soplar el viento y, mi escasa experiencia de esos días, me aseguraba que al atardecer, cuando el viento soplaba, era hora de resguardarse porque se venía el frío. Decidí bajar pero no veía ni oía nada de mis compañeros de recorrido. Al rato, pensé que en tanto silencio sería una buena idea gritarles. Tendrían que escucharme, pensé. Mal, porque no me escucharon nada. Tanto silencio y por esas cosas del realismo maravilloso latinoamericano no me escuchaban. Di algunas vueltas más. No quería bajar para que no se preocupen al no encontrarme y, de repente, los vi a lo lejos. Avisé que bajaba y emprendí el regreso, lentamente, como agradeciendo. Casi sin dejar huella.
Cuando iba llegando al punto de partida, vi que Gladys se acercaba, palo en mano y con la compañía de su perro. Me dijo que ya estaba preocupada porque no bajábamos. Le dije que no había problema y, cuando miramos hacia atrás, ya se acercaban Silvana y Pablo también.
Bajamos hasta su casa y nos contó que arriba no se escuchaba nada. Que a veces ella gritaba desde abajo porque se preocupaba, pero que no se escuchaba. Nos contó que cuando viene la crecida no pueden ir al pueblo y se quedan aislados de ese lado, pero que suelen tener comida.
Esa casa era de sus padres y, cuando murieron,quedó abandonada muchos años. Que ahora vivía su hermana. Ella fue enfermera en el Hospital Ricardo Gutiérrez de Buenos Aires, varios años, pero que se había venido ya hace tiempo, jubilada, para acompañar a su hermana y ayudarla. Le pregunté cuántos años tenía y me dijo que sesenta y tres. Y debo reconocer que parecía que tenía muchos más porque las grietas en su piel estaban llenas de historias.
Ahí nomás recordó que no habíamos comido y nos contó que había comido pastel de merluza. Más realismo maravilloso. Cómo habría llegado una merluza a un pueblito perdido de la quebrada de Humahuaca. Nos pidió que la esperáramos y salió con tres sanguchitos de pescado. Compartía lo poco que tenía con nosotros y estaba contenta de hacerlo. Y como la escuchábamos y le preguntábamos, avanzó en sus relatos. Y ahí nomás nos contó que tenía guardados algunos elementos con los sus ancestros preparaban la chicha. ¿Querés que te muestre? Me preguntó. Y cómo iba a negarme si estaba viviendo la experiencia más genuina y conmovedora de todo el viaje. Abrió con llave un cuartito y nos mostró grandes ollas de acero, algunas cucharas y vasijas, un telar. Nos explicó métodos y secretos.
Cuando ya empecé a sentir más preguntas como una intromisión irrespetuosa, le dije que la quería abrazar. Se rió y me abrazó gustosa. Y yo sentía que era la pacha la que me abrazaba con sus manos de tierra y viento. Para despedirnos, le pregunté si podía sacarle una foto, para llevármela de recuerdo, si no le molestaba. Esperá que me arreglo, dijo agarrándose la campera sucia y harapienta. Le dijimos que no a tres voces. Que así estaba bien. Me sacaron una foto. Les saqué a ellos. Y mientras decía algunas palabras más, le robé alguna foto para intentar capturar su gestualidad, su presencia. La saludé y le di algo de dinero. Al principio nos había dicho que si queríamos dejar una colaboración era bienvenida, pero que si no, no había ningún problema.
Inevitablemente, pegamos la vuelta y nos fuimos alejando. Con sonrisa en la cara y el corazón lleno. Caminamos por la ruta hasta encontrar un taxi que nos llevara de nuevo a Tilcara, charlando de la pacha, de los libros de Atahualpa, de la montaña. Y al llegar al pueblo nos despedimos, habiendo compartido un instante que sería mucho más que eso. Compañeros separables de una experiencia inolvidable.

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