La Casa Azul de Frida Kahlo

La Casa Azul de Frida Kahlo

Por estos días en que el feminismo gana espacios en debates, discusiones, reclamos, clases, arte y mercado, la figura de Frida Kahlo se revitalizó, en muchos casos, como estandarte. Gran cantidad de publicaciones llevan su nombre y, muchas de ellas, destinadas al público infantil construyendo biografías sin matices que la colocan en un pedestal de bravura y libertad que podríamos discutir.

Que fue un personaje fascinante está fuera de debate. El escritor mexicano Carlos Fuentes nos cuenta hermosamente cómo todas las miradas y atenciones se centraban en ella cuando entraba a un lugar. Que su historia es atrapante, también quedó demostrado en la cantidad de narraciones que protagoniza, libros y hasta películas. Pero que se la tome como representante de una valía femenina que ilustra felizmente tazas, libretas, termos y colgantes, me parece, cuanto menos, cuestionable y reduccionista.

Venta ambulante en la puerta de la Casa Azul de Frida Kahlo, Coyoacán, México.

En enero de 2017 tuve la oportunidad de viajar a México y, entre mis deseos más fuertes en el Distrito Federal (hoy CDMX, por cuestiones de marketing también) estaba el de seguir el rastro de Frida. Es así que compré mi entrada por internet para visitar la famosa Casa Azul, en Coyoacán, donde Frida nació, vivió mucho tiempo y murió. La demanda para visitar el lugar es muy grande. Por eso, el sistema de ingreso es bastante estricto. Tu ticket tiene un horario que hay que respetar con tan solo quince minutos de tolerancia. El uso de cámaras fotográficas o celulares para registrar imágenes, además, tiene un valor extra. Conviene considerar los días de la semana en los que se ofrecen descuentos, cosa que hice.

El recorrido por la casa tiene la misma mezcla de dolor y felicidad que encierra el personaje de Frida. El ingreso, el anzuelo, es la misma construcción marketinera de la que hablaba al principio: Frida y sus flores, y sus alas de libertad, y su historia de amor con Diego. Pero, cuando entramos y logramos superar esa primera estrategia de ventas, nos encontramos con la verdadera Frida, o con el resto. Con la Frida completa. Una mujer sufriente, que vivía a la sombra de su doblemente legítimo esposo, Diego Rivera, con el dolor de sus problemas físicos y su imposibilidad de ser madre y, como consecuencia de todo esto, con el pesar de la eterna búsqueda existencial de sí misma.

Es una cuestión de perspectiva, entonces, como en muchos casos. Podés ingresar a la casa museo, subir la foto romántica en instagram y tacharla de tu lista de deseos con felicidad. O podés, además, tomar el riesgo de adentrarte en esta vida que no parece haber sido vivida para decorar un living hippie-chic. La ropa de Frida, sus zapatos y las páginas de su diario en exhibición duelen. La tan conocida frase “Pies para que los quiero / si tengo alas pa’ volar” eriza la piel porque está escrita con trazo fuerte, con birome y debajo de un dibujo que, con sus líneas insistentes y su fondo rojo, impacta. Y uno puede imaginar el deseo de sentirse bien con algo que siempre se quiso ocultar. Frida se tapaba y tapaba su padecer en un intento de autoconvencerse de una plenitud inexistente. O, al menos, eso grita cada objeto en el recorrido de la casa azul. Cada foto. Cada textura. Cada huella.

Página del diario íntimo de Frida Kahlo donde registró una de sus frases más célebres.

Frida, como cualquier persona, tenía matices y ahí seguramente estaba su encanto. Reducirla a una frase, una pintura, un aspecto de su vida, es dinamitar su riqueza como personaje histórico. Utilizarla como símbolo feminista sin cuestionamientos; reproducir hasta el cansancio biografías llanas; confundir arte con autoayuda, pintura con decoración, literatura con panfleto, es un acto de injusticia. “Abandona a tu Diego Rivera” reza un grafiti devenido en meme de cierto sector que fue un poco más allá en el análisis de la figura de Frida. Interesante proclama que destaca ese lado de la vida de Frida que, muchas veces, no conviene mencionar.

Cuando salgan de la Casa Azul, no deberían ser los mismos. El cross a la mandíbula, como hubiera dicho Arlt, dejará huella largo tiempo. Arte, búsqueda, política, disidencia, historia, sexualidad, estética, salud, moda, mercado, militancia, dolor, irreverencia, secretos. La visita a esta casa museo en Coyoacán es una parada indispensable en Ciudad de México, para que las frases, las flores y las cejas sean mucho más que un tatuaje, un libro para colorear, un cuadro motivador en la pared.

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