Las Cataratas del Iguazú

Las Cataratas del Iguazú

Soy una persona que puede decir con tranquilidad que tuvo una infancia feliz. No llena de cosas, sino llena de recuerdos, de momentos, de imaginación. Aventuras, dramas de vida, exploraciones e historias costumbristas se desarrollaban entre el elenco que formaba a veces con mis vecinas, a veces con mis hermanas. Un matriarcado de infancia donde éramos reinas, jefas, superheroínas, y directoras de nuestras propias ficciones.

Ahora, ya bastante más grandes, pero no menos decididas, nos envolvió la moda de ordenar la casa. Mis hermanas mayores en sus casas familiares, mi madre en la histórica casa de Savio, yo en mi pequeño departamento del centro, con biblioteca grande y la luz suficiente para ser feliz por las tardes cuando da vuelta el sol. Entonces mamá llegó al orden de un placard y descubrió, como aquellos hallazgos que merecen la anécdota, la letra de mi abuela. Esa letra tan particular de las mujeres que crecieron en la primera mitad del siglo veinte. Esa letra que parece temerosa. Cursiva, por supuesto. Excesiva prolijidad para una mujer que dejó la escuela en tercer grado porque tuvo que cuidar a sus seis hermanos. “Ojito. Marianita. Frágil.” decía el paquete de papel madera cuidadosamente cerrado. La misma frase que, como un mantra, había escrito en la caja cosida en la que me había dejado su vajilla amada, cuando su enfermedad no le permitió seguir viviendo sola en su casa de Garibaldi.

Y es de esa casa de la que quiero hablar. En realidad de una bandeja. De la bandeja desvencijada que usó como base para el paquete que encontró mi mamá. Para que no se desfonde la caja de cartón donde guardó las dos enormes fuentes de loza con detalles de flores rosa claro. Ese juego de loza que toda señora casada en familia de clase media tenía en aquella época y que, a la mayoría, se la habían regalado con esfuerzo en su casamiento como parte de lo que sí o sí había que tener en un hogar.

La bandeja en cuestión es una bandeja mucho menos glamorosa. Una bandeja de plástico blanco que tenía una foto, en realidad un dibujo veo ahora, de unas caudalosas cascadas que se fue despegando con el tiempo. Esto es lo que veo ahora. Pero, en aquel entonces era el transporte perfecto para el té con leche con cuadraditos de pan adentro que me traía mi abuela a la cama cada vez que me quedaba a dormir en su casa. Cómo voy a olvidar el ruido de la fábrica de en frente, una planta procesadora de pescado en ese barrio que se hundía cada vez más a sus espaldas. Y la cama inmensa y dura con un colchón de lana que ni siquiera adquiría la forma de los cuerpos. Y las mantas pesadas que creaban un microclima. Y el sol entrando por la ventana y reflejándose en las paredes celestes y creando un paraíso terrenal solo interrumpido por las agujas del viejo reloj que sonaban fuerte, como indicando que el tiempo pasaba y se iba a llevar todo eso.

Y en ese limbo, justo cuando empezaba a abrir los ojos y reconocer el espacio, abría la puerta de la habitación la abuela con el mejor desayuno que podía existir sobre la tierra, en ese no lugar y no tiempo. Y ahí estaba el tazón de leche con pedacitos de pan. Los más ricos pedacitos de pan. Cortados en tabla de madera con las manos más experimentadas que conocía. Manos sabias de coser y amasar.

No había televisor en la pieza y la radio que la abuela escuchaba no llegaba a sonar en la habitación, por lo que, si había tenido la suerte de ser la única nieta en quedarme a dormir, la exclusividad me dejaba en soledad frente a esa taza y a esa bandeja. Para mí, esas eran las Cataratas del Iguazú. Un nombre que sonaba tan gracioso como lejano. Las imaginaba así: inmensas, caudalosas, de un color turquesa puro que hacía juego con las paredes celestes de la habitación.

Cuando conocí las verdaderas Cataratas del Iguazú, mucho tiempo después a mis veintitantos años, la sensación fue impresionante. La fuerza de la naturaleza en estado puro y yo ahí, pequeñita, frente a lo irrefrenable. En ese lugar el agua no cae, el agua avanza demostrándote quién manda. Cuando llegás a la Garganta del Diablo, luego de caminar un rato por pasarelas de madera, la energía te coloniza con cada una de las gotas que, a merced del viento, te mojan para recordarte que es imposible ser inmune a las leyes de lo salvaje, de lo que fluye, de lo que pasa.

En ese momento, que disfruté muchísimo, no me acordé de mi abuela. Pero hoy, mientras escribo esto con la bandeja de plástico desvencijada que deja ver solo retazos de una lámina turquesa que supo ser una cascada, no puedo dejar de establecer un puente entre estos dos recuerdos, que con decenas de años en el medio, son lo mismo, son uno. El amor de la abuela, el placer de una cama dura y un desayuno caliente, la energía de la naturaleza, el agua que corre con fuerza haciéndote acordar que fuiste chiquita, que sos chiquita, que el tiempo pasa, que el único poder que está en tus manos es el de recordar y guardar en una alacena los retazos más o menos reparados de lo que verdaderamente importa, ese conglomerado que se construye entre la imaginación y la realidad.

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