Me acuerdo

Me acuerdo

Mi amiga invisible se llamaba Romina Zapallo. Tenía cara de mala. Su mejor amiga era Changuito. En mi mente era como un carrito de bebé, pero era humana.

Cuando mis hermanas volvían del colegio, yo les contaba las anécdotas del día con mis dos amigas.

A la noche mamá apagaba la luz del pasillo y yo le decía “un ratito más”.

Me enseñó a escribir mi hermana más grande en una libreta de Kitty con hojas rosas. Amaba el rosa. Pronunciaba la r con suavidad.

Para ir a lo de mi vecina Vanesa había que atravesar un pasillo largo. En el medio era techado y oscuro. Me daba miedo.

Volvía de comprar en el almacén de Don Juan. Un chiquito del barrio venía jineteando un caballo con unos cuantos más alrededor, por la mitad de la calle y descontrolados. Me quedé paralizada. Ahora les tengo miedo.

Una vez llegamos de noche y le pregunté a mamá por qué la puerta de arriba del placard estaba abierta y se asomaba una frazada. Mi mamá nos llevó corriendo a lo de Marina, la vecina. Habían entrado a robar. Ahora no aguanto las puertas abiertas.

En el barrio podíamos jugar desquinaesquina. Baldío era una palabra frecuente.

Mamá iba al centro una vez por mes, cuando cobraba el sueldo. Siempre volvía con una cocacola de litro en botella de vidrio.

A las cuatro, en la casa de mi abuela materna, se veía Yo me quiero casar y usted. Los fines de semana, Jineteando.

Los vecinos de la abuela eran la tía María, Marta y Eduardo y Mónica, la hija de Doña Mari.

La casa de mi abuela tenía una fábrica procesadora de pescado en frente. El ruido de los generadores era constante.

Cuando me quedaba a dormir y me daba miedo que la abuela apague la luz, ella me decía que espere un poquito con los ojos cerrados, que la vista se acostumbre y que iba a empezar a ver porque la luz de la calle se filtraba por los postigos. Tenía razón.

Durante un tiempo mi mamá y mi papá jugaban al paddle en pareja. Contra amigos, familiares y algunos desconocidos. A mí me gustaba ir a acompañarlos y jugar en las gradas. Sentir que era grande y estaba sola.

Los domingos mirábamos El maravilloso mundo de Disney con Leonardo Greco y luego Supermatch. Siempre hinchaba por el amarillo.

Almorzábamos los seis en la cocina. Apretados pero contentos. Poníamos los cuatro vasos en línea y servíamos la coca en partes iguales. Si no eran exactamente iguales, el conflicto era inminente.

Teníamos un Mehari rojo, después un Taunus cremita y luego un Sierra azul. En todos andábamos los seis. En los techos de todos, papá llevaba escaleras.

Los de la casa de atrás cada tanto hacían fiestas y la música no te dejaba dormir.

Mi teléfono era 810079, el de Anabella 811565, el de Silvina 804594, el de Carolina 822846. Carolina fue la última en tener teléfono en su casa.

Mi papá volvió del trabajo diciendo que había escuchado sobre un Club de lectura infantil de la Biblioteca Municipal. Me anotaron, aunque era para mayores de 8 y yo tenía 7.

Anabella iba a dibujo, Carolina hacia destreza, yo iba al CLI.

Cuando volvíamos en taxi o en el auto de alguien desconocido a casa, mi mamá siempre decía: mano derecha, a mitad de cuadra, donde está la trotadora. Ahora yo repito el mismo versito.

Una vez, iba a cocinar un huevo. Mientras esperaba que la plancha se caliente, miré fijo el huevo que estaba en mi mano derecha y me pregunté cómo se sentiría romperlo. Lo apreté y sucedió. Mamá se enojó y no me dejó preparar otro.

Papá y mamá se iban a trabajar para la Unión de padres en la matineé del colegio. A mi hermana más chica y a mí nos cuidaba mi abuela paterna. Luchi lloraba mucho. Una vez me preocupé y la abuela me dijo que la deje, que ya se iba a cansar y se iba a quedar dormida.

Me daba miedo pasar por la base naval porque había un cartel que decía Prohibido estacionar o detenerse. Tenía miedo que nos disparen.

“Bordón presidente, Aprile intendente” cantábamos con mis hermanas.

Algunas noches de verano íbamos a tomar helado a la 39 y Peralta Ramos. La heladería se llamaba La montevideana y tenía un tobogán con forma de elefante en la vereda. Papá siempre nos emparejaba el helado y se comía la mitad.

La casa en construcción. Siempre.

Al parque de atrás le decíamos el fondo. En el fondo había sapos, cascarudos y flores que se abrían a la noche.

Cada vez que bajábamos la loma de Colón hacia la costa papá hacía el chiste de que se quedaba sin frenos y nos caíamos al agua.

Papá juntaba monedas en el auto. Cuando viajamos a Uruguay nos las dio. Le llamó repartija. Yo me guardé mi parte para gastarla en la librería de Rafaela al volver.

Dormía en la parte de arriba de una de las dos cuchetas de la habitación. Una noche, dormida, me caí y volví a acostarme. Me contó mi hermana. Al otro día me desperté vomitando y me internaron con traumatismo de sien.

Por estar internada me perdí un acto del colegio. A la clínica me llevaron una revista Billiken. Mi abuela Fran lloró cuando me vio. También me visitaron los Perelló, vecinos de la vuelta.

Dormí en una cama marinera que salía de debajo de la cama de Belén. Después me daba fiaca sacarla, así que la dejaba todo el tiempo afuera. Era chiquita. Los pies me sobresalían.

Dormir boca abajo, con dos almohadas.

Mi prima y mi primo tenían habitaciones individuales. Eso para mí era un montón.

Daniel tenía un póster que decía U2 gigante. La pieza de Ana Valeria siempre estaba ambientada.

Tenían un libro amarillo de tapas duras que tenía un cuento para cada día del año. Cada vez que íbamos nos leían uno.

El teléfono era 823997. El tío tenía las manos curtidas por el taller. La tía siempre sonreía.

La abuela Emma vivía en departamento. En Córdoba y Gascón. Unos edificios bajitos que están de costado y tienen un patio en medio. Una vecindad.

Me daba miedo tener que hacer silencio por los vecinos de abajo. Eran una entidad fantasmal. Ahora me cuido de no hablarles igual a mis sobrines en mi departamento.

Mi papá dibujaba al pájaro loco en las portadas de todos nuestros cuadernos.

Mamá amaba a Serrat. Luchi y yo sabíamos todas las canciones y hacíamos videoclips imaginarios.

La cocina de la abuela Fran tenía una luz amarilla por las tardes que era mágica. A veces ponía música en su radio portátil y me enseñaba a bailar tango. Ha visto, decía.

La abuela también cantaba y culpaba a su problema de las cuerdas vocales por no tener voz. Juraba que antes cantaba muy bien.

Una vez me contó un secreto de su relación con mi abuelo al que no conocí. Nunca se lo conté a nadie. No lo voy a contar acá tampoco.

Mi primer autógrafo fue de Berugo Carambula. Fue el único.

Los 24 de diciembre nos obligaban a dormir siesta.

Mi papá le regala a mi mamá una filmadora con minicassette para su cumpleaños. Era lo que él quería. Solían repetirse los chistes al respecto.

Mi papá me trajo la revista de Chiquititas de regalo. El mes anterior no había podido comprarla. Tenía ochenta centavos y me faltaban dos pesos. No me los podían dar y lo escribí en mi diario.

Papá compraba la revista Conozca Más. Venía con videos. Dinosaurios, profecías de Nostradamus, la autopsia a un extraterrestre.

Un día con Luchi miramos, sin permiso, la película de María Soledad en canal 8. Dormimos juntas por el miedo.

En quinto entró al grado una chica nueva. De ella escuché por primera vez la palabra pija. Me hizo repetir “Lapiz japonés” y se reía. Yo no entendía el chiste.

Tatiana era misteriosa. Un día llevó al colegio un Tamagotchi. Otro día llevó una viborita muy pequeña.

El equipo de gimnasia era adidas azul de tres rayas blancas.

Siempre heredaba el equipo de mis hermanas más grandes. Algunos incluían bolsillos con cierre, pero siempre tenían agujeros.

Fui al cine por primera vez al Colegio Don Bosco. Con Carolina y Anabella. Vimos Titanic. Carolina lloraba y se secaba las lágrimas por debajo de los anteojos.

En los recreos, jugábamos al fútbol. Teníamos equipos: Excursionistas y Defensores. Cuando el colegio se hizo mixto, no nos dejaron jugar más. La cancha pasó a ser para los varones.

Cuando empezó el programa de Nico, me hice fanática. Sabía todas las canciones y hacía las coreografías sentada en el puff, bien cerca del televisor.

Me gustaba Mosca, de Chiquititas. En la vida real se llamaba Ezequiel Castaño, cumplía años el 4 de diciembre y vacacionaba en Ostende.

Mi juego de computadora favorito era Carmen San Diego. Belén dio vuelta Aladdin. El del rey León debía tener un error porque nunca pudimos pasar la pantalla de los monos.

Cuando mi hermana más grande se compró una bici, escribió en la llanta de atrás los nombres de los integrantes de la familia. A mí me puso Marian, sin a, porque le gustaba. Desde ese día, pedí que me digan así.

Antes de ir por primera vez al centro con mis amigas, mamá me dibujó un mapa del macrocentro en una hoja cuadriculada. Tuve que aprenderme las calles de memoria.

Mi primer lento con Germán en un festejo de cumpleaños de Laura.

Mi primer beso con Javier. Mis amigas estaban escondidas a la vuelta para ver qué pasaba.

Anabella se quedaba a dormir en casa para ir a bailar a la matinée del colegio. Un viernes compramos medio kilo de helado cada una y no fuimos, nos quedamos comiendo y charlando.

Mi primera bicicleta la tuve de adolescente. La pagué cincuenta y dos pesos en el supermercado.

Íbamos a la playa en bicicleta. En la loma, bajábamos y caminábamos. Las atábamos todas juntas en el poste de la entrada del balneario 19. Cuando nos daba miedo que las roben, las entrábamos a la playa y las poníamos ruedas para arriba al lado del grupito.

A la vuelta de la playa pasábamos siempre por el  paredón lleno de grafitis y leíamos fuerte “Lucas putito te coje Rubén”.

Los miércoles, a la salida del colegio, iba a almorzar con mi abuela. Siempre preparaba flan. A veces Caro, que vivía a dos cuadras, entraba conmigo a saludarla y se llevaba algo rico.

Un sábado, mamá nos despertó con la noticia de que se había muerto Rodrigo. Me mandó a Gorrassi a pagar la cuota de algún electrodoméstico para que me distraiga. Cuando llegué al negocio, en todos los televisores estaba el cuerpo sobre el asfalto.

La 97.1 como radio de cabecera. Moreno 2976. 4932502. Marina Mangia y Gerardo Reboredo.

Trabajé en Mc Donalds para ahorrar para mi viaje de egresados. Ganaba 2.20 la hora. Casi siempre me ponían en automac. Entré con un chico que se llamaba Germán. Nos entrenaron juntos el 19 de diciembre de 2001. La entrenadora nos dijo que llamáramos a nuestras casas para que nos vayan a buscar porque habían declarado estado de sitio.

Cuando volví del viaje de egresados, habían puesto internet en casa. Era de Copetel y al conectar hacía unos ruidos robóticos.

Al lado de la computadora había una planilla para que cada uno anote a qué hora se conectó y durante cuánto tiempo. Pagábamos por treinta horas mensuales. Usábamos veintinueve, para dejar margen de error.

3 thoughts on “Me acuerdo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *