Viajar con alumnos

Viajar con alumnos

A lo largo de los años he viajado de diferentes formas. Empecé con mi familia, por nuestra cuenta y en auto. Hice mi viaje de egresados con compañeros de la escuela. Viajé en pareja con paquetes armados. Viajé con una amiga de mochileras por la patagonia. Bus, dedo, balsa, caminata. Viajé en auto con amigas. También con pareja recorriendo largos trayectos de ruta y disfrutando cada kilómetro. Y después viajé sola, con mochila al hombro, planeando e improvisando. Pero también experimenté otra forma de viajar que no todos los viajeros tienen la suerte de vivir: viajar con alumnos y alumnas.

Soy profesora de nivel secundario, por lo que trabajo con adolescentes que te mantienen activo, actualizado, alerta todos los días. Los desafíos se dan en el aula a cada hora, por lo que la primera vez que me ofrecieron acompañar un viaje escolar la incertidumbre y la ansiedad fueron grandes, pero ni por un momento pensé en perderme esa oportunidad. Amo viajar y amo ser profesora. Qué mejor que juntar estas dos pasiones.

La vida en la naturaleza implica tanto disfrute como riesgos. Y cuando uno es el sujeto responsable frente a cincuenta chicos y chicas, adolescentes y con ganas de disfrutar siempre al extremo, los riesgos pueden ser más que los momentos de placer. Es necesario acordar con el resto de los adultos a cargo las pautas básicas que se seguirán para mantener una organización coherente. No excederse en las prohibiciones y negativas, pero hacerles entender que la responsabilidad es grande y que la libertad que tienen estando lejos de casa y en la naturaleza tiene que ser bien usada.

Así y todo me tocó atravesar momentos complicados. Desde alguien que se cayó y quebró por hacer tirolesa con los tirantes de una cabaña, hasta peleas entre alumnos que van desde los comentarios por detrás hasta los empujones. Pero ahí estábamos los docentes, poniendo paños fríos al asunto, protegiendo a los que lo necesiten, llevando chicos al hospital o resolviendo cuestiones con padre o madre a la distancia.

Pero lo cierto es que la mayor parte del tiempo se vive un clima de compañerismo y hermandad en el grupo. La naturaleza es el marco perfecto para pensar y repensarnos. Entre duras caminatas o mientras amasamos pizzas, se generan charlas entre colegas y con los chicos y chicas que difícilmente podrían haberse dado en otro contexto. El aprendizaje se da cada paso y sin carpetas ni pizarrones. Nos reímos de igual a igual, pero sin dejar de ser profesora y estudiantes.

Es cansador, sí. Te acostás tarde cuando ya no se escucha nadie despierto. Dormís con un ojo abierto y otro cerrado, atenta a cualquier ruido o problema que pueda surgir. Te levantás bien temprano para calentar litros y litros de leche y preparar el desayuno. Cocinás para mucha gente [imagínense en mi caso que en lo cotidiano preparo comida básica y solo para mí]. Tenés que mantener el orden, la energía, el disfrute aunque quizás te dormirías una siesta grande como el lago que tenés en frente. Porque, claro, vos no tenés los quince años y la energía huracanada que tienen ellos.

Pero ser guía, poder contar una historia de terror en el fogón o acompañarlos a disfrutar de las pequeñas grandes cosas: un silencio profundo, un paisaje panorámico desde lo alto de la montaña, la paz del agua corriendo en un arroyo. ¡La puta que vale la pena estar vivo! Gritaba Hector Alterio en la película Caballos salvajes. Y una vez, subiendo el Cerro Negro en Villa Traful, hablamos de esa escena con unas chicas a las que iba entreteniendo para que no se cansen tanto. Las invité a que se vean como desde un drone, que se den cuenta dónde estábamos, que valoren la fuerza y la grandeza del mundo que nos rodeaba, que respiren ese aire puro que había atravesado kilómetros de montañas. En un acto en la escuela, un año después, recordaron esa frase y ese momento como uno de los aprendizajes que habían recibido en su escolaridad. Y el pecho se me hinchó recordando todo lo que vale la experiencia de viajar con ellos. Enseñarles y aprender. Como siempre.

Hoy subimos el cerro negro, hasta donde la nieve nos dejó. Y volví a sentirme chiquita y a decirles a mi chiquis que vale la pena estar vivo y que la naturaleza es el poder divino. A la vuelta me tocó cerrar grupo y me emocionó ir atrás, verlos avanzar, levantar el ánimo de los dolientes, esperar a los que necesitaban más tiempo para tomar agua o atarse los cordones. Para sentirse seguros. También hacer algún chiste y hasta perdernos un ratito y reírnos al volver a orientarnos. Después de todo, de eso se trata ser profe… caminar juntos y, al rato, verlos avanzar.

Publicación en instagram, 16 de octubre de 2017

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