El día que fui peligrosa

El día que fui peligrosa

Ya me lo habían advertido. Ya me habían contado suficiente cantidad de anécdotas como para ir con anticipación al aeropuerto y esperar cualquier tipo de intervención. Incluso ya había tenido una experiencia breve en la frontera terrestre volviendo de Jordania, donde usé mi sonrisa y el amor que le tienen a Argentina para pasar rápido, pero un compañero italiano terminó hasta explicando la receta de la pizza para pasar sin problemas. En un folleto explicativo del tour, nos advertían de las posibilidades de retención y avisaban que, del otro lado, la van esperaría solo media hora, agregando cómo volver en taxi cuando nos encontremos solos y sospechados en el borde de Israel.
Decía que ya estaba anoticiada de las posibilidades de complicación en la frontera, pero nunca habría pensado que el problema sería al salir. Cuando ingresé desde Turquía, solo me enfrenté al asombro del muchacho de migraciones que no podía creer que viaje sola.
Al despedirme de Israel, entonces, fui con tiempo al aeropuerto. Me dirigía a Atenas y estaba contenta por conocer mi próximo destino y aliviada por haber superado mi semana en este territorio lleno de historia, contradicciones, injusticias y, claro está, riesgos. Miré las pantallas y encontré mi fila. Con la serenidad que me caracteriza en estas situaciones, me ubiqué en la ubicación correspondiente. Crucé algunas palabras con unos argentinos que andaban por ahí y me dispuse a esperar que abran el box. Pero, ahí empezó la historia. Alguien me tocó de un costado llamándome la atención y me dijo que lo siga, que esa no era mi fila. Por un instante pensé que me había equivocado. Mi escaso dominio del inglés hace que el error siempre sea una posibilidad. Pero inmediatamente me di cuenta que el muchacho trajeado no podía saber de mi error porque ni siquiera sabía mi destino ni había visto mi pasaje. “Follow me” fue la expresión que me hizo caer en la cuenta de que mi condición de mujer, sola y con mochila me llevaba a la sospecha tan anunciada.
Seguí al muchacho que medía bastante menos que yo, atravesando todas las filas repletas de gente claramente dividida. Parecía que los indicadores de la pantalla eran solo eso, una pantalla para la selección a dedo que hacían al momento de interrogar. Había una fila con personas ostensiblemente rubias, turistas y probablemente estadounidenses. Otra fila con judíos ortodoxos, con sus vestimentas y accesorios típicos. Otra de viajeros de segunda selección, de habla hispana o más morochos. Y a mí me ubicaron, sin dejar de ser amables pero rígidos, en una filita breve de tres personas, bajo la mirada de todo el resto.
Bueno, al menos tengo que esperar menos, me dije. Al menos no me llevaron a las tan comentadas oficinas donde te encierran y te interrogan. Al menos no tengo nada que ocultar. Al menos me estoy yendo.
Enseguida se hizo mi turno y me adelanté unos pasos hacia una chica que, con un atril con una pantalla que yo no podía ver, me saludó amablemente en inglés dispuesta a hacerme unas preguntas. Si bien era adelante de todo el mundo, era incómodo estar con mis dos mochilas a cuestas, sin poder sentarme y sin ver lo que ella veía. Me hizo algunas preguntas típicas de aeropuerto en inglés que pude responder. Pero cuando comenzó a profundizar el interrogatorio, mis pocas clases tomadas vía skype resultaron insuficientes y tuve que comenzar con mi I don’t understand.
Lejos de liberarme, me indicaron pasar al pequeño atril de al lado, donde había otra sonriente chica sentada y un chico parado al lado. Él era el que hablaba español y, por lo que deduje, era una suerte de entrenador de ella. Me dijo que estaban aprendiendo, que me iban a hacer unas preguntas. Yo sonreí también y accedí. Claramente no tenía muchas opciones. Entonces empezó el cuestionario. A qué me dedico, por dónde estuve, por qué, etc. Cada vez que yo respondía, ellos hablaban entre sí. Él no solo traducía lo que yo decía sino que iniciaban un intercambio en hebreo del cual yo era una espectadora inoperante. Solo podía imaginar qué decían y no era algo bueno, porque irremediablemente llevaba a más preguntas, ahora, bajo dos miradas inquisidoras. Claro, yo había estado en países musulmanes, sola, sudamericana, mujer. Me preguntaron por qué había elegido ir a esos países. Les conté de mis intereses culturales e históricos y también de mi amigo que vivía en Egipto, pensando que como trabajaba en la embajada, sería una buena carta de presentación. Pero, lejos de dejarme seguir, profundizaron las preguntas. ¿Cómo se llama su amigo? La chica escribía. Probablemente googleaba. Ya me habían dicho que comprobaban en internet todo lo que uno decía. ¿Sólo ese amigo conoce? ¿Pero él vive solo? ¿Cómo se llama su mujer? ¿Nadie el dio un regalo? ¿A qué lugares fue en Jordania? ¿Y qué hizo en Egipto? ¿Qué visitó en Turquía? ¿No conoció a nadie en Turquía? ¿Hizo su valija sola? Temo que alguien le haya dado algo peligroso y usted no lo sepa.
Ni valija tenía yo. Pero las preguntas siguieron. Es más, varias fueron realizadas repetidas veces. Intuyo que para ver si pisaba el palito, como quien dice, y me desdecía. Pero no. Solo tenía verdades para decir. Solo oculté haber estado en Belén, como me habían aconsejado. Ya que es territorio palestino y, por lo tanto, implica algún deseo de destrucción masiva para Israel.
Luego de media hora de preguntas incisivas, de pie, con mi mochila a cuestas y las miradas de todo el resto de los viajeros en la nuca, me devolvieron el pasaporte, me indicaron un lugar donde depositar mi mochila porque era equipaje grande, me agradecieron y me despidieron. Dejé mi valija con un tanto de intranquilidad y me dirigí a la fila de control personal, sin perder más tiempo y con unas crecientes ganas de dejar el país. Hice una larga fila con mi pasaporte en mano y mi mochilita de cabina a cuestas. En medio de la espera, se escuchan gritos violentos de un hombre, detrás de unas mamparas que separaban lo que parecía otro modo de ingreso a la zona de embarque. El hombre gritaba en, supongo, hebreo y un señor trajeado lo invitaba efusivamente a avanzar y retirarse. El hombre, no contento con que lo dejen pasar, parecía defenderse, protestar y no conformarse. El resto de los empleados seguían como si nada, lo que indicaba la cotidianeidad de estas reacciones.
Cuando llegó mi turno, la empleada observa mi pasaporte y, recién ahí, me doy cuenta que mientras que todos tenían un stiker blanco pegado en la contratapa, yo tenía uno amarillo flúo. La chica lo observa y me dice que esa no es mi fila, que la siga. Sí, otra vez el amable e inquietante follow me. Más inquietante aun cuando descubro que me llevan detrás de la mampara al lugar desde el cual el hombre había gritado.
Cuando paso del otro lado de la mampara, la chica me dice que tengo que pasar por los controles allí. Si me lo hubieran dicho antes, al menos me ahorraba toda la fila que hice en vano ya que acá solo había dos personas delante mío: un monje franciscano con su túnica marrón y un muchacho grandote con remera negra y aparente estilo metalero. Detrás yo, una sudamericana atrevida que viajaba sola y con mochila. Los sospechosos de siempre, claro está.
Enseguida la empleada me pide la mochila. Me dice que la abra y saque mis cosas. Tenía en su mano una suerte de aparatito que me hizo acordar al ecógrafo del ginecólogo. Algo así como un duchador de mano, pero bastante más pequeño que, parecía ser un detector de metales pero que, efectivamente, no detectaba metales sino quizás explosivos, o vaya a saber uno qué cosa. Tomó la cámara de fotos y le pasó el detector por todos lados. Lo mismo hizo con el lente que tenía aparte y el cargador. Metió la mano en la mochila y pasó el detector por cada rincón. Me dijo que me saqué la bufanda y aclaré que era el cuello de mi buzo. Le pregunté si era necesario que me lo saque y me dijo que no. Unos pasos más adelante revisaban de igual forma al franciscano.
Me indicó que ponga un pie arriba de una plataforma y me pasó el detector alrededor de la zapatilla. Lo mismo con el otro. Y luego por todo el cuerpo. Parece que no tenía nada. Parece que solo era una mujer sudamericana que viajó por los países musulmanes que su valentía le permitió y ahora se quería ir de Israel para seguir viaje. Me agradecieron. Sonreí, guardé todo y avancé.
Ya en zona de embarque, me relajé un poco, aunque todavía tenía miedo de que no me dejen embarcar por alguna cuestión de la mochila despachada. No obstante, busqué en qué gastar las monedas israelitas que me quedaban. Todo era caro, así que compré unas cartas en latita con dibujos judíos y me guardé el resto de recuerdo. Son lindos los candelabros que tienen.
En la espera, justo al lado de la puerta, enganché algún wifi del aeropuerto y compartí con mi familia la experiencia. Cuando me tocó embarcar, pasé sin inconvenientes. Subí al avión y ahí sí relajé. Estaba saliendo de medio oriente. Me esperaba Grecia con su crisis y su occidentalismo. Un mar en el que, sin dudas, me sentiría más cómoda. Pez en el agua.
Que nada me dé miedo, es mi premisa. Que el miedo se transforme en aventura. Y así elijo contarlo, como una incomodidad que se transformó en anécdota. Aventura de frontera. La historia del día en que fui peligrosa, junto a un monje franciscano y un gigantón metalero.

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