Tongariro Alpine Crossing en Nueva Zelanda

Tongariro Alpine Crossing en Nueva Zelanda

Desde Argentina, antes de empezar el viaje, había leído mucho. Buscando caminatas y experiencias en Nueva Zelanda, encontré el recorrido de Tongariro Alpine Crossing que reunía todo lo que andaba buscando: su relación con El señor de los anillos [es el territorio de Mordor para las películas], una experiencia desafiante, caminata, gratuidad, fuerza natural y buena posibilidad de fotos. Así que moví algunas piezas en el itinerario y programé un par de días en Turangi, un pueblo chiquito cercano al parque.

El día anterior a la caminata dudé en hacerla. Apareció el lógico temor de ir sola y el factor clima que, comentaban, podía impedir que termines el trayecto haciendo que debas volver. Tongariro Alpine Crossing no es un recorrido circular. Por lo tanto, tenés que contratar un transporte que te lleve al punto de inicio y te vaya a buscar a un horario prudente según tu estado físico, al final del sendero. Anteriormente, se lo llamaba simplemente Tongariro Crossing. Pero, como mucha gente no comprendía que es un camino de montaña difícil y no tomaba las precauciones necesarias sufriendo accidentes o encontrándose con dificultades más grandes de lo esperado, le cambiaron el nombre agregando la palabra “Alpine” para dar cuenta de que es un camino de altura y requiere una preparación previa. Considerando mi nula preparación física y mi elevada consciencia de los riesgos, fui al centro de informes del pueblo para conocer un poco más del recorrido y terminar de tomar la decisión. Ahí vi un video que explicaba y mostraba el recorrido y no me pareció una dificultad mayor a caminatas de montaña que ya había hecho en el sur de Argentina. Además pregunté a una empleada del lugar sobre hacer el camino sola y me dijo que no estaría sola porque siempre hay mucha gente. Revisó el pronóstico meteorológico y me dijo que se preveían algunos vientos pero que iba a estar soleado, así que el día siguiente era un buen día para subir. Por lo tanto, decidí reservar ahí mismo el transporte y disponerme a comprar la comida y bebida necesaria para hacer la caminata en mi segundo día en Turangi, cumpliendo así lo que había planificado desde Argentina.

El día indicado me desperté temprano, de noche, preparé mis sanguchitos con palta y queso, las botellas de agua, el abrigo indicado y el protector solar en la soledad del hostel que dormía. Un ratito antes de las cinco de la mañana, vino el mini bus a buscarme. Fui la primera en subir. Seguimos levantando gente y, mientras tanto, nos hicieron completar una planilla con nombre, número de pasaporte y teléfono. Aclaré que mi teléfono no funcionaba sin wifi. El conductor se rio y me dijo que no había problema. Claramente estas cuestiones respondían a medidas de seguridad preventivas. También nos preguntaron qué bebida queríamos como cortesía cuando nos vayan a buscar al final del recorrido. Pedí una cerveza y continué mirando hacia afuera con el leve resplandor que empezaba a asomarse en el horizonte.
Llegamos al punto de partida con una luz muy tenue. Bajamos y sentimos el frío y la humedad. Una niebla cerrada nos abrazó cuando el conductor dijo sus palabras en maorí para pedirle a la tierra que nos reciba y nos proteja. Lindo momento que le dio la magia esperada al comienzo de la aventura. Nos saludó y empezamos camino. Algunos prefirieron ir al baño primero, pero yo empecé sin más preámbulos, detrás de dos chicos.

El gris de la niebla lo ocupaba todo. El camino estaba bien marcado pero era difícil ver más allá de unos metros y poco a poco, los caminantes nos fuimos distanciando. Estaba sola, en medio de la niebla, con la alegría y empoderamiento necesarios para disfrutar la adrenalina que me generaba lo desconocido y las dificultades que se venían. Concentrada en el camino y recordando todo lo que había leído en blogs de viajes el día anterior, fui sorprendida por la niebla que se abrió de golpe con los primeros rayos de sol y dejó ver las montañas gigantes que tenía al lado y que no había podido ver hasta el momento. El paisaje empezó a definirse y me di cuenta que sí, estaba en una película y en cualquier momento podría aparecer Gollum o cualquier otra criatura de esas que te enfrentan con tus miedos. Ese sería el ritmo de mi día.

Por un camino bien delimitado, con pasarelas de madera por momentos y ninguna dificultad, más que algunas subidas leves, terminé la primera etapa ganando media hora a los tiempos que había visto eran los esperados. Me sentí bien pero no exageré en alegrarme ni mucho menos relajarme, porque sabía que cuando empezara a subir, se me iba a complicar y el tiempo ganado se iba a compensar en seguida. Y así fue. Llegué al cartel que indicaba el inicio de una de las partes más difíciles físicamente: las conocidas como escaleras del diablo. El letrero anuncia que se vienen tiempos difíciles y que si hasta acá te cansaste o tuviste dificultades, probablemente lo que viene será mucho peor y no puedas realizarlo. Por lo tanto, invita a volver si lo creés necesario. Foto al cartel para darme ánimos y empezar a subir.

Mientras me concentraba en subir esos escaloncitos de madera, sin perder el aliento al ver las nubes tupidas que quedaban abajo a lo lejos, me pasaron algunos caminantes que claramente habían empezado bastante después que nuestro grupo. Entre ellos un nene y un adulto que llevaban un ritmo, para mí, asombroso.
Conversé un poco con una pareja que venía en el mismo transporte que yo, pero luego siguieron camino ya que tenían un ritmo más rápido que el mío. Concentrarse en el suelo que pisás, en el entorno que habitás y en el propio cuerpo y mente, es tarea demasiado compleja como para tener conversaciones pasajeras luchando con el idioma. Así que la soledad, lejos de molestarme, me gustaba. Claro que prefería ver alguien un poco más adelante o más atrás, para no sentirme tan desprotegida en la inmensidad.

Las escaleras se hicieron duras. Muy empinadas y sin descanso. Pero también pasaron más rápido de lo que imaginaba. Apenas treinta o cuarenta minutos donde el calor corporal ascendió bastante por el esfuerzo y por el sol que ya se levantaba. Hice una pequeña pausa entre las piedras y me puse protector solar. Me saqué la campera rompevientos que, minutos después me volvería a poner porque el viento y el sudor frío no son buena combinación. Desde ahí sale también el camino para subir al mismísimo cráter rojo, el monte del destino para El señor de los anillos. Esta es una caminata mucho más difícil y empinada, sin señalizar, con piedra y arena sueltas y que pocos alpinistas experimentados o aventureros inconscientes hacen. Claramente, no estaba en mis planes.

Después vino una etapa llana y abierta. Seguía viendo un par de cuerpos pequeñitos allá adelante, así que la inmensidad de ese camino entre montañas, piedras y polvo, lejos de oprimirme, me alegró. Hice fotos, incluso me filmé caminando y gasté algunos minutos buscando la mejor forma de registrar el momento. Sin bajar demasiado la guardia, claro, porque a lo lejos ya se veía la parte más difícil del trayecto: la subida a la vista del cráter rojo por un camino de piedras grandes y sin pasarela ni exceso de marcas.

Y ahí fui. Siguiendo las chapitas y pinturas en las rocas, empecé a subir. La propia montaña daba sombra y el viento se hacía notar de a poco. Así que volví a tomar las precauciones para abrigarme: capucha de buzo, capucha de rompevientos, cuello multiuso en los oídos. Y siempre la misma concentración. Agua cada tanto y, todavía, nada de comida. Ni siquiera fruta. Sentía que quería atravesar la peor parte antes de tomar un descanso.
Continué subiendo y el viento aumentaba. Debo reconocer que la concentración en el camino se fue tiñendo con algo de nervios que pude transformar en mi favor y usarlos como combustible para darme fuerza y valentía. Seguía empoderándome. Llegué hasta acá, voy a poder. Después me voy a reír con lo logrado y les voy a contar lo que hice, pensaba para darme ánimos. Porque el viento era muy fuerte. Y cuando llegué a la parte más complicada de casi trepar entre piedras, las cadenas que había visto en el video del centro de informes para agarrarse, no estaban. Entonces, fui sujetándome de los ganchos empotrados en la piedra para esas cadenas inexistentes. Ahí me pasaron algunas personas más, lo que me hizo notar que iba despacio. Pero no me importaba. Solo quería superar esa etapa bien, sin lastimarme y pudiendo dominar el miedo que me generaba el viento fuerte que ya era una realidad ineludible.

Cuando llegué arriba, la cosa se puso peor. El último tramo hasta la cima fue muy duro. Precipicio de un lado y del otro. Sin piedras grandes que te permitan refugiarte o sostenerte. Mucho viento muy fuerte. Y la inmensidad del cráter rojo ahí al lado y las nubes abajo, una postal hermosa que no pude disfrutar demasiado porque el viento no me dejaba ver ni escuchar más que mis pensamientos: Dale, Mariana, unos pasos hasta esa piedrita. Caminata lunar haciendo fuerza en contra del viento e intentando ir derecho, básicamente, para no caer por la ladera. Al llegar a esa piedrita, me agachaba y otra vez me ponía un nuevo objetivo. Ahora hasta la piedrita de más allá. Así, con no poco temor y nervios, pero con una convicción interior que me empoderó, llegué hasta el cúmulo de piedras que indicaba la cima. El cartel indicador estaba caído. El viento era mucho y apenas me dejaba abrir los ojos. Agachada contra esas piedras osé pensar en sacar el celular para una foto pero me di cuenta casi inmediatamente que se iba a volar, que no podía hacer más nada que avanzar para empezar a bajar un poco y encontrar reparo. Y así lo hice.

A lo largo de todo el recorrido se filmaron las escenas de las películas de El señor de los anillos que corresponden al territorio de Mordor. La magia del cine hizo que por allí transitaran orcos, criaturas como Gollum y hasta los propios Sam y Frodo cargando con el anillo para depositarlo en el Ojo de Sauron, la boca del volcán, único lugar donde no pudieron filmar ya que para los maoríes los volcanes son sagrados. Ese era mi propio desafío. Y así como a Frodo le costó llegar, a mí también. Pero lo estaba logrando, contra viento, tierra, miedos y fuerzas diversas. Sin anillo pero con mochila, estaba enfrentando todos los obstáculos y llegando al cráter rojo. Épico.

Pocos metros más adelante y más abajo, encontré otro poste indicador de camino. Ahí me senté y pude encontrar la estabilidad necesaria como para sacar un calco de palabra nave y pegarlo junto a otros para marcar mi paso por este gran desafío. Saqué también el celular e hice algunas fotos. Pude ver desde bien arriba las tres lagunas verdes ondeadas por el viento y bien diferentes a otras postales que había visto. Y también ver mucha gente que descansaba en la ladera. Todo esto me relajó y me di cuenta que lo peor había pasado.

Pero para llegar hasta las lagunas había que bajar mucho, por un empinado camino de piedras sueltas y un nuevo desafío. Bajar me cuesta mucho: me duelen las rodillas, hago pasos cortos para no caer con envión y no encuentro la forma adecuada para ganar ritmo. Haciendo zigzag como muchas veces me recomendaron, empecé a bajar a mi tiempo. Muchos alpinistas me pasaron y, muchos que corrían tropezaron, se cayeron, se lastimaron las manos. Eso me incentivó para seguir con mi paso firme, aunque lento.

Al llegar abajo, llena de polvo y alegría, me senté a disfrutar el paisaje y comer una banana. Se suponía que ese era el lugar indicado para almorzar, pero yo recién pude pasar la fruta. No tenía hambre. Hice fotos. Observé a la gente que iba llegando y que se iba. Vi personas muy equipadas y experimentadas, y otros bastante inconscientes o despreocupados. Avancé para ver el paisaje desde distintas perspectivas. Registré el camino hecho y el camino por hacer. Y me sentí, al mismo tiempo, tan chiquita y tan grande.

Un rato después, decidí que era suficiente descanso y que era momento de avanzar. Aun quedaba mucho camino por recorrer ya que, si bien lo más dificultoso había pasado, todavía quedaba más de la mitad del camino por delante.

Avancé por un camino llano y abierto, dándome vuelta de a ratos para hacer fotos de ese inmenso cráter rojo que te recordaba a cada rato que la naturaleza es la que manda, que somos simples invitados. Y ahí aparecía de nuevo el viento como embajador de privilegio de esa fuerza salvaje.

Subiendo una media hora por camino abierto y polvareda, llegué a otra planicie de altura muy ventosa donde se podía ver la cuarta y última laguna. Ahí recién fui al baño. A lo largo del camino hay cinco puntos de baño. Previamente, te informan que tenés que llevarte tu propio papel higiénico ya que los baños consisten en cubículos con un pozo. Periódicamente se extraen los residuos y el lugar se mantiene limpio y seguro. Durante todo el camino uno siente que en realidad los senderos, los baños y las marcas están hechos más para proteger a la naturaleza que para los visitantes. Y eso, la verdad, es hermoso.

Después de esta última etapa de viento, el camino poco a poco se suaviza. Hay algunas escaleritas pequeñas esporádicamente pero, también empieza a aparecer la vegetación verde. En este punto, también empecé a cruzar gente que venía en dirección contraria. Y, la verdad, sufrí por ellos. De ninguna manera recomiendo el trayecto en dirección norte sur ya que inician con una subida extensa y constante, dando la espalda al paisaje. Leí, en varios blogs, que efectivamente se hace mucho más largo y menos placentero. Pero bueno, una sonrisa y un saludo cordial fueron suficientes para mantener la camaradería de montaña.

La bajada permitía ver que todavía faltaba mucho camino por recorrer. Además, los indicadores de kilómetros no te dejaban olvidar que aun no era momento de relajación. El calor del mediodía, ayudado por el reparo, se hacía notar. Y fue necesario tomar agua con más frecuencia y sacarse capas de ropa. También me puse gorra con visera y agradecí los lentes de sol que no me saqué en ningún momento. Para el viento fueron de mucha ayuda.

La vegetación va aumentando en cantidad y altura hasta que uno termina caminando por una suerte de bosque donde los bichitos y pájaros se hacen escuchar. La sombra se agradece y no hay mayores dificultades. En un momento, aparece un cartel que indica peligro de lahares, por lo que no debés permanecer mucho tiempo ahí ni salirte del camino hacia el arroyo. Y, si escuchás sonidos fuertes, directamente no tenés que atravesar esa parte. Los lahares son flujos de sedimento y agua que caen desde las laderas de los volcanes arrastrando todo a su paso. A lo largo de la historia, los lahares han provocado más destrucción y muerte que las propias erupciones. Motivos suficientes para avanzar a paso firme y llegar a zona segura, el último kilómetro de recorrido.

Con las piernas latiendo y un calor corporal intenso, llegué al final del camino. Saludé a la pareja con la que había hablado al comienzo y me senté junto a decenas de personas que descansaban a la espera de sus transportes. Hice unos intentos de elongación y me dispuse a comer los sanguchitos que había cargado todo el camino. El recorrido total me llevó seis horas y cuarenta minutos. Son 19.5 kilómetros de distancia, entre volcanes y montañas, polvo y viento. Los carteles prevén un tiempo de siete a ocho horas, por lo que mi desempeño afectado por el viento y mis dificultades para bajar fue bastante bueno. Terminé muy contenta. Mucho más cuando al rato apareció nuestro transporte y nos dio una cerveza a cada uno. Una cerveza fría para celebrar nuestro logro.

Con las piernas temblando, subí al bus y me relajé hasta llegar de nuevo a mi hostel escuchando a los compañeros comentar sus experiencias. Sin dudas, para todos la parte del viento había sido la peor.

Después me enteré que hay gente que tarda once o doce horas en hacer el recorrido. También me contaron que el viento es frecuente y que una vez un alpinista se tuvo que quedar casi cuatro horas en la cima, aferrado a una piedra para no volarse. También me crucé con viajeros que disfrutaron la experiencia sin nada de viento, pero con lluvia. En fin, cada experiencia es un universo aparte en este desafío que es conocido como el mejor de Nueva Zelanda para hacer en un día y uno de los mejores cinco del mundo.

Sin dudas, el Tongariro Alpine Crossing es un recorrido para hacer, vivir y recordar. Y por más comentarios que leas, tu propia experiencia será la que importe. Aun recordando el dolor en las piernas, estoy muy feliz por haberlo logrado. Por haber enfrentado mis miedos, mis Gollums y haberme empoderado tomando a la fuerza de la naturaleza como aliada para sentirme mejor.

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